La casa de José eran unas pobres chapas.
Chapas sin sentido una sobre otra, sólo dos ambientes. Lo que semejaba el
comedor tenía una mesa destartalada, con siete escasos bancos. Y hacía las
veces de cocina, de lavadero, de todo. Platos de lata y vasos de aluminio por
todo menaje. En la otra pieza se
apilaban colchones en mal estado, junto a un viejo Primus, una TV en la que
nada se veía y goteras por doquier.
Al fondo pero cerquita un minúsculo cuartucho
hacía las veces de letrina y de ducha de agua fría que en invierno amenazaba
con llevarse lo pulmones lejos, con congelarlos, con cortar la respiración.
José vivía en la villa 21, ahí nomás cerquita
de Barracas, sin embargo ese era terreno de nadie, no era ni Barracas ni era
nada. A gatas el cura de la parroquia, que también se llamaba José, les daba
algunos mendrugos, pero hacía días que nadie sabía nada de él, se comentaba que
lo habían matado los narcos que dominaban como reyes de la noche todo el
barrio. Hacía casi un mes que nadie veía al cura. Y que nadie comía.
La vida de José no había sido siempre así,
para nada. Había conocido a la María hacía ya lejanos 10
años en su Tucumán natal, y él había sido desde empleado de tienda, changarín,
albañil, jornalero en la caña por temporada, y hasta tuvo su propio negocio. En
el 2001 la crisis se lo llevó todo, cuentas sin pagar, ya con dos hijos a
cuestas hicieron la cuesta, armaron bultos y se subieron al Estrella del Norte
hacia Buenos Aires, en búsqueda de un mejor destino, de un futuro, de algo que
les diese esperanzas al menos.