...en medio de la noche, un ruido rompió la quietud. Todo estaba oscuro. Aída quiso incorporarse lentamente, tratando de avizorar entre las sombras cuál era la causa de ese estridente sonido que vino a interrumpir su sueño. Parecía que alguien había forzado el viejo portón herrumbrado del fondo.
El entorno parecía desierto. Solo
sombras se atravesaban al compás de una fresca brisa que se colaba entre los
árboles y la luna... La luna -compañera fiel, blanco ojo espectador de la vida
y de la muerte, contrastaba en el cielo como una moneda de plata.
De a poco, intentó levantarse.
Sentía los huesos entumecidos y cierto escalofrío le recorría a lo largo de la
espalda. Quedó atenta, expectante, aguardando descubrir qué pasaba allá afuera.
Un extraño sonido volvió a estremecerla, luego escuchó voces seguidas de
pasos...
Alarmada, hizo de su mano un puño,
huesudo, cerrado, como una garra empecinada en contener el miedo. Se sentía
sola y desamparada. No cabía dudas, alguien había ingresado y se aproximaba
sigilosamente a donde ella estaba. Quería gritar en son de auxilio, pero... a
caso eso le serviría? Sabía que su voz no llegaría a ningún oído por más que se
esforzara. Y si corría? Imposible! hacia dónde? con qué fuerzas? sus piernas
carecían de toda vitalidad, no podría sostenerse en pie por más que lo
intentara. Terminó arrebujada sobre sí misma, como un ovillo de vieja lana
tremendamente enredado... y allí quedó, aguardando lo desconocido, temiendo que
algo muy malo fuera a ocurrir.
