La
hija del diablo se casa...
La hija del diablo se casa. No sabíamos si ir o no ir. En casa
resolvieron no ir. Ella paseaba con la trenza brillando como un vidrio al sol.
Vestido celeste. Y las pezuñas delicadísimas, cinceladas y de platino. Con los
ojos un poco redondos, insondables, se paraba frente a cada uno, como
publicitando, invitando, o, consciente e inconscientemente, amenazando. La hija
del diablo se casa. Cerraron las puertas de mi casa. Pasado el mediodía resolví
huir. Crucé por arriba de los jardines de fresias y junquillos tratando de no
trozar ni uno de los ramos amarillos, de los que vivíamos; por ocultas veredas;
creo que hice tres veces la misma senda, me perdía, y tuve miedo que, desde la
casa, estuviesen espiando mi inútil vuelo.
