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miércoles, 1 de agosto de 2012


Colaborador: Marcos Llemes presenta un nuevo capítulo de "El pecado de Abigaíl"


Capítulo 5: ¿Quién es La Primera?

Once metros de camino en línea recta separaban la puerta de la parroquia del lugar donde conversaba la honorable abadesa Albina Mountfaçon que hacía poco menos de una hora había llegado al departamento de Salto y sin dar importancia alguna en la ciudad, solicitó conducción inmediata hacia el pequeño y misterioso pueblo Las Nunas.
Nadie era partícipe de lo que las mujeres hablaban, salvo lo ecléctico del conjunto entre paredes renacentistas y estatuas barrocas de santos que cual humanos petrificados, se levantaban sublimes en cada lado de las largas paredes y se enfrentaban con la mirada, siendo interrumpidos únicamente cuando alguien cruzaba entre ellos, abriendo la puerta principal y caminando hacia el Cristo, que inmenso e imponente señalaba con sus manos de ensangrentados agujeros, el par de hileras que hacían los santos. Tétrico, en cierto sentido.
Albina Mountfaçon fue muy bien acogida por las monjas de la parroquia San Jerónimo, pero fue un hecho evidente no poder ocultar la presencia de aquella mujer que no había retomado el conocimiento desde la noche anterior.
— ¿Me estas diciendo que esta mujer fue traída aquí por una de las monjas? –dijo Albina, intuyendo quién sabe qué en su mente-
La Madre Claudia, quién llevaba más trayectoria que ninguna de las otras monjas en el convento asintió con lentitud, apretando sus labios y mirando el piso.
— Una de las hermanas iniciantes la trajo hasta aquí. Se trata de una muchacha de veintidós años, es una buena hermana pero…
— ¿Qué ha dicho al respecto? ¿Ha dado alguna explicación?
La voz de Albina era fuerte y demandante.
— Según su palabra. Me ha convencido de no saber absolutamente nada del tema, reconoce ser ella quien trajo a esta mundana hacia aquí, pero no logra recordar el momento ni el porqué del acto, como una especie de amnesia. ¡Ay, abadesa! ¿Qué vamos a hacer ahora?
Los ojos de iris de color aguamarina de la abadesa se movieron rápidamente, como los de un ave rapaz buscando una liebre desde la altura del cielo.
— ¿Tienes un cuerpo de enfermería? –dijo-
— Sí.
— Perfecto. Que sean ellas quién atiendan a esta mujer, necesitamos que despierte lo antes posible para poder averiguar algo. Por el momento y que así sea siempre, no acudiremos a las autoridades policiales. –En sus manos tenía una carpeta de cuero sintético de tapa dura que se la alcanzó a Claudia. La misma portaba doce fotografías que al ser admiradas por la Madre, causó en ellas un horror tan hondo que de su boca salió un gemido de consternación que vibró tembloroso convirtiéndose en un eco de terror. Al recuperarse, se persignó con gran velocidad, unas cuatro veces- Madre Claudia –continuó la abadesa-, con esto se puede dar cuenta que lo que me trajo aquí es mucho más preocupante que una mujer inconsciente.

Los ojos miel de Claudia, que siempre figuraban en una mirada dura e impenetrable, ahora parecían gritos sordos. Asintió al fin, sin una palabra y con su mano aferrada a su cruz pectoral de madera.
Lo que le había mostrado la abadesa eran las fotografías de su espalda, donde aparecía sádicamente escrito el nombre del pueblo, la ciudad y el país. Acto seguido, sin decir mucho y dejando por aclarar más, solicitó que la condujeran a su habitación para que pueda descansar. Al día siguiente, le aportaría más datos a Claudia y hasta quizás podrían resolver a medias algunas cosas. Quizás…


Alguien tocó apresuradamente la puerta de la casa de Abigaíl. La mujer estaba tomando una siesta cuando escuchó los incesantes golpes en la puerta. Se levanto y cuando abrió la puerta, vio que la preocupadas llegadas de su amiga Deborah, se habían vuelto una costumbre.
— Debby ¿qué pasa? Estaba sesteando y me desperté con tus…
— Es Lorelei… -dijo con voz solloza pero firme-
— ¿Qué pasa con ella?
— ¿Recuerdas que ayer no fue a Las Luces? Vengo de su apartamento, toqué la puerta como cincuenta veces y… -tomó aire, como un sediento que encuentra un charco en el desierto; desesperado.-…y no respondió. Le pregunté al matrimonio del seis y al marica del ocho pero nadie la vio salir ni entrar. ¿Qué hago Abby? Estoy preocupada, no sé qué…
— ¡Deborah! –Exclamó- Tranquilízate. Yo tengo una copia de la llave del apartamento de Lorelei, me la dio por si alguna situación emergente. Tranquila, vamos para ahí.
¿Tranquila? Debía ser una broma. Cuando entraron al hogar de Lorelei, no encontraron un solo rastro de la mujer. Tampoco había signos de pelea ni desorden que denote un forcejeo; pero de todas formas, el hecho no cambiaba. La mujer no estaba.
Un par de horas después, despertó. Abrió los ojos de golpe, como si mientras dormía le hubieran arrojado un baldazo de agua helada, tomó una bocanada de aire e intentó enderezarse y sentarse en la cama donde yacía acostada, acto que fue interrumpido por un fuerte dolor en su abdomen que la hizo volver a la posición inicial. Meneó su cabeza y avistó una habitación de color celeste pálido iluminada por una lámpara de poca intensidad y apariencia deleznable y con paredes vacías, excepto la de su cabecera donde colgaba un Jesucristo crucificado y con gestos dolidos.
Aspiró a tomar asiento nuevamente, pero otra vez su abdomen se lo prohibía al estallar de dolor.
— No te muevas –dijo una voz, con acento gallego-.
Lorelei giró su cabeza y vio que al costado de la cama de una plaza había una mujer, una monja mejor dicho; sentada en una silla de madera.
— ¿Dónde estoy? ¿Qué es este lugar? –Preguntó sobresaltada, respirando con rapidez-
— Estás a salvo –dijo Abina Mountfacon-, voy a llamar a las enfermeras para que te vengan a asistir. Antes respóndeme, ¿qué recuerdas de lo que ha sucedido?  
Lorelei estaba confundida, antes de ver a la mujer, una parte de sí creyó estar en una habitación de hospital tras haber sufrido un accidente automovilístico o algo parecido. Estuvo un breve tiempo en silencio.
— ¿Recuerdas algo de lo sucedido? ¿Sabes por qué estás aquí?
La mirada de la abadesa era dura, como una estatua parlante.
— No sé… -musitó la adolorida mujer- Recuerdo que alguien tocó la puerta de mi apartamento y luego vi el rostro de una joven.
— ¿La podrías identificar?
— No, todo ocurrió demasiado rápido. Sus ojos sí los recuerdo; completamente negros, incluso la zona blanca. No lo sé, pude haberlo soñado. Después de eso creo que no recuerdo más nada… ¡Ah, sí! Creo acordar haberme golpeado con algo. Recuerdo con claridad el sonido seco de mi cabeza golpearse con algo, el piso o no sé… ¿Por qué me pregunta todo eso? ¿Usted es una monja? ¿Dónde estoy? Necesito que me lleven al hospital.
Albina se puso de pie y salió de la habitación sin decir una palabra, en el transcurso a la puerta, Lorelei intentó detenerla exigiéndole que no se vaya, pero la vieja hizo caso omiso. Minutos después, llegó el cuerpo de enfermeras para atender sus heridas, golpes y dolores. Aún nadie decidía qué harían con ella, seguramente tal veredicto lo darían a la mañana, ahora ya era muy tarde.
Un hipnótico oral la dormiría lo suficiente como para no crear grandes inconvenientes.

En la madrugada (y sin pasar de alto el hecho de que estaba en el lugar que sus revelaciones le habían indicado), Albina Mounfacon tuvo un segundo sueño.
En esta ocasión fue más corto que el anterior, pero lo que le mostró fue tan aterrador como el que tuvo en España.
Su cuerpo no se percibía en el espacio, era como un espíritu suspendido en una dimensión oscura e inhóspita. Frente a lo que pensaba que era su yo en estado invisible como un remolino de viento había una mujer desnuda, con el abdomen y senos ensangrentados, en vez de manos tenía garras, más grandes que las de un ave rapaz y su cabeza era la de una cabra negra de ojos rojos.
Pese a que la imagen era horripilantemente aterradora, la voz de Albina se escuchó fuerte y clara, denotando valentía e ímpetu.
— ¿Qué quieres, demonio? Ya me trajiste hasta aquí, ahora infórmame: ¿qué es lo que buscas?
La bestia se acercó hacia su nebulosa figura con una sonrisa lasciva.
— Me sorprende mi fama. Miles de años siendo ignorada y ahora mírame; te he hecho atravesar un océano cumpliendo mi voluntad.
— No he servido a tu voluntad. Solamente le he sido fiel al don que mi Señor me ha dado. Vuelvo a reiterar, ¿qué quieres, bestia inmunda?
El demonio detuvo su paso y emitió una carcajada estruendosa llevándose sus manos a la zona de sus senos sangrantes.
— Soy La Primera. La que escapó del Jardín por culpa del Primero. Mi decisión de abandonar el Jardín me hizo aposar en las orillas del Mar Rojo convirtiéndome en hembra de Asmodeo. Reina de todas las perversiones, la mano que mece el deseo carnal de todos los hombres y mujeres, pero nunca nombrada entre los seguidores de mi Padre. Ignorada, como una lechuza en el árbol más insignificante del oscuro bosque de los pecados.
— No… no puede ser. Tú eres… Li… Li…
— Sí, vamos, di mi nombre y reconóceme como real.
— ¡Te reprendo, bestia! ¡Sal de mis sueños y de este pueblo! No eres bienvenida.
— ¡Cállate, vieja podrida! Tus estúpidas oraciones no harán que me vaya. Sin embargo, una ofrenda de sangre sí lo hará…
Por primera vez, Albina no dijo palabra alguna. Aquél momento fue crucial para darse cuenta con lo que no sólo ella, sino todas las iglesias y la religión en sí, se estaban enfrentando. Y si existía una manera de devolverla al lugar de donde vino, no estaba en su conocimiento. Ni en el de nadie…
Entonces La Primera dijo:
— Haz que me reconozcan oficialmente entre tus seguidores. Corre la voz, dile a cada uno de tus inferiores, iguales y superiores que existo. Ése es mi objetivo principal, pertenecer al séquito de tus enemigos.
Albina sintió un frío glaciar como si una garra de hielo la estuviese sujetando, inmovilizándola.
— ¿Eso es lo que quieres a cambio de que dejes de hacer daño?
La bestia miró a Albina con ojos brillantes, rojos como una manzana luminosa.
— Eso y lo que mencioné antes. Una ofrenda de carne y sangre de tres Magdalenas. Tienes a una, te faltan dos. Sólo de ésa forma volveré a la oscuridad de donde vengo. Considérate advertida…

Los enlaces de Marcos Llemes:




1 comentario :

Jose Ramon Santana Vazquez dijo...

...traigo
ecos
de
la
tarde
callada
en
la
mano
y
una
vela
de
mi
corazón
para
invitarte
y
darte
este
alma
que
viene
para
compartir
contigo
tu
bello
blog
con
un
ramillete
de
oro
y
claveles
dentro...


desde mis
HORAS ROTAS
Y AULA DE PAZ


COMPARTIENDO ILUSION
LUIS

CON saludos de la luna al
reflejarse en el mar de la
poesía...




ESPERO SEAN DE VUESTRO AGRADO EL POST POETIZADO DE BAILANDO CON LOBOS, THE ARTIST, TITANIC SIÉNTEME DE CRIADAS Y SEÑORAS, FLOR DE PASCUA ENEMIGOS PUBLICOS HÁLITO DESAYUNO CON DIAMANTES TIFÓN PULP FICTION, ESTALLIDO MAMMA MIA,JEAN EYRE , TOQUE DE CANELA, STAR WARS,

José
Ramón...