miércoles, 20 de junio de 2012


Colaboración: El pecado de Abigail por Marcos Llemes / II Capítulo


 Capítulo 2: ¿Qué ocurre en la calle Alpes?




La mañana siguiente sucumbió en un alborotado escándalo. Sin que alguien se pudiera dar cuenta, el tranquilísimo pueblo Las Nunas se había colmado de coches de policía y ambulancias. ¿Qué había pasado? Nadie lo sabía.
Alejandra Santoro, una viuda que vivía sola al lado de la casa de los viejos fue la que llamó a la policía. Cerca de las siete de la mañana, a la hora que salía de su casa para comenzar con su trabajo en un pequeño tambo a dos kilómetros de ahí, vio que la casa de Serafín y su esposa, tenía la puerta delantera abierta de par en par. Justo en ese instante, su recorrido se vio interrumpido al decidir acercarse a la vivienda de sus vecinos por si pasaba algo. Eran vecinos desde hacía ya muchísimos años y juzgando por lo que le habían enseñado los años, el avejentado y paranoico matrimonio nunca dejaba abierta la casa de esa forma, mucho menos en plena helada de madrugada invernal.
— ¿Don Serafín? –Dijo Alejandra asomándose por la oscura residencia-
No contestó nadie.
— Doña Dolores ¿Están aquí? Dejaron la puerta abierta. La helada está entrando, ¿están bien?
Ingresó al lugar y advirtió en encontrar todas las luces apagadas, otra cosa extraña, cualquiera podría afirmar a que si había una casa que permanecía iluminada toda la noche en aquella pequeña y embarrada calle, era la de Dolores y Serafín porque así se sentían más seguros.
— ¡Doña Dolores! ¡Don Serafín! –Exclamó nuevamente, un tanto alarmada-


Por como se le presentaba el paisaje, una gran parte de ella intuyó que algo muy malo había ocurrido allí y casi sin querer pudo sacar el posible supuesto de que los viejos se habían congelado al dejar la puerta abierta toda la noche, pero no se trataba de eso. Luego de encontrarlos, deseó haberlos encontrado congelados.
Estaban en la habitación bajo la tétrica claridad de la mañana abierta, pero sus oídos no fueron capaces de recibir el estruendoso grito de Alejandra.
Lo que vio fue espantoso. Serafín estaba acostado sobre la cama con una inmensa mancha de sangre roja sobre su vientre y su garganta abierta con un tajo que comenzaba debajo de sus orejas. Las sábanas en un tiempo fueron blancas, pero lograron un color amarillento, beige quizás. Ahora, estaban pintadas de un rojo profundo, uno que no podría con exactitud lograrse con algo que no fuese sangre.
Doña Dolores yacía en el piso, también muerta. A diferencia de su esposo, ella no mostraba sangre en su vestimenta, pero su espalda estaba empapada en un charco de sangre que mojaba la mitad del piso.
Y como si el espanto de la pobre mujer no era suficiente, en aquella pequeña habitación encontró a alguien más, en el rincón donde reposaba abandonado guardarropas. Una monja, eso era. Tirada con las extremidades desparramadas y la sotana aturdida sobre su cuerpo.
Esto último fue lo más horrendo, no sólo porque la imagen de una monja asesinada era ya aterradora, sino también por el rostro que dibujaba con sus gestos, muertos, inmutables, pero tan espantosos que parecía la inquietante escultura de un demonio.
Desde entonces, la policía rondó y merodeó por todo Nunas, buscando un interrogatorio, una sospecha o algo… pero nadie sabía absolutamente nada.

Con el terror en las mentes de los residentes, la cosa se hacía muy difícil para Abigaíl. Cuando algo de esa magnitud ocurría en aquel pueblo ni siquiera el mas rudo de los residentes se atrevía a salir a la noche, pero no fue motivo para que Abigaíl se quede acostada con sus hijas. Hacía unas horas Antonio, un antiguo cliente que salía sólo con ella había aparecido en el portón de su casa para notificarle que la esperaría en Las Luces a las seis de la tarde, una hora no muy apropiada, pero bastante segura considerando las circunstancias. Abigaíl aceptó totalmente, a ella le servía esa clase de tratos en invierno porque tenía una salida asegurada y podría venirse más temprano a recibir el calor de sus hijas en su cama de dos plazas.
Sus piernas se erizaban con el frío, pero la esperanza de que pronto la vinieran a buscar la tranquilizaba. Antonio era muy puntual, siempre lo había sido y por eso estaba segura de que pronto aparecería.
Atravesando tres partes de la calle Alpes, casi llegando a Las Luces, la puerta de una tienda de antigüedades cercana se abrió y de su interior salió Gervasio, un repugnante y depravado viejo, curiosamente obsesionado con Abigaíl.
— Hola bomboncito, ¿cómo le va a la zorra más atractiva de Las Nunas? –le dijo, detrás de una sonrisa obscena-
— Déjame en paz, Gervasio –dijo ella y lo evadió siguiendo su camino-
El viejo le gritó otra obscenidad que la hizo mirar hacia atrás. Si no estuviera apurada, quizás le hubiese mandado un puntapié en el trasero, pero en cambio no hizo nada más que observarlo con arrepentido detenimiento.
Gervasio miraba el trasero de Abigaíl con una mirada grisácea, esporádicamente ornamentada con una cicatriz debajo del ojo derecho parecida a un garabato de infante.
Cuando volvió la cabeza, vio el auto de Antonio en la esquina y apuró su paso para llegar.
Comenzó su trayecto de vuelta, dentro del auto de su cliente (o de su futuro cliente, mejor dicho) que la llevaría a un motel cercano. Estaba sentada en el asiento del acompañante, cuando bajo la luz de un oscuro relámpago pudo divisar la figura de una monja cruzar con rapidez la calle y dirigirse cautelosamente a la tienda de antigüedades de Gervasio.
Antonio manejó con lentitud hacia el sur, cuando abandonara Alpes aumentaría de velocidad. Eso le sirvió a Abigaíl para ver en qué andaba aquella monja, que había abandonado el convento San Jerónimo para ingresar con rapidez al almacén de Gervasio.
Y así, mientras dejaba el lugar dentro de aquel vehículo, vio por sólo unos segundos el feliz rostro de la monja y su inquietante mirada totalmente negra que contemplaba seductoramente al hombre de la tienda, un tipo joven, grande y fornido con grandes músculos. Con una mirada hermosa de color gris y una pequeña cicatriz bajo su ojo izquierdo. Era todo un galán, pero tenía similitudes con el viejo Gervasio, como si fuese una versión hermosa del depravado que rarísimamente había tentado a la monja de ojos negros apartándola de su santidad y planeado la más sangrienta de las veladas. 



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Sobre el autor:

Recuerden que pueden acceder al primer capítulo de Marcos Llemes ( El pecado de Abigail parte I )

También pueden encontrar más obras de este joven autor en:


Espero que a los lectores de LDU les haya gustado (tanto como a mí) esta segunda entrega de una prometedora novela.
Estaremos a la expectativa de como seguirá esta historia...

2 comentarios :

Judith dijo...

Valla!! que tétrico todo.
Que estará pasando xD!!
Cuanto misterio, muy bueno en verdad Marcos!!
Besos

Luis Rodriguez dijo...

Acertado comentario, realmente en aumento a medida que la trama se abre al lector. Visiten el blog de "El pecado de Abigail" se encuentra en la lista de blog favoritos: Los mejores blogs que visité