jueves, 6 de octubre de 2011


Relato: La Escalera por Luis Bernardo Rodríguez

sonreirán, de cierta manera…
Yo no sabré dónde meterme…
Tú estarás lejos… Lloraré…
Y hasta es posible que me muera… 

Guillaume Apollinaire - "Caligramas"







Apoya
la sudorosa
mano en la baranda,
coloca con decisión un pie
para comenzar el ascenso hacia
su hogar. Observa la escalera, desde
su perspectiva, como algo infinito y cruel.

Milton Segovia nunca imaginó, cuánto lo alteraría, el inesperado mensaje de texto de su esposa.
A punto de marcar la entrada en su trabajo, el móvil suena advirtiendo el mensaje. Leyó inicialmente, con indiferencia, los caracteres en la pantalla: Sí, veníte. Mi marido ya se fue.
Con celeridad, las máquinas de la duda comenzaron a funcionar en él. El mecanismo una vez que arranca es imposible detener, luego, por inercia excava con exactitud cada rincón hasta el momento seguro. El resultado es que nada se sostiene firme como antes.

Presuroso decide comunicar en la oficina de personal, que no se dispone a realizar la jornada por cuestiones familiares. Durante el trayecto, de regreso al hogar, no pensó absolutamente en nada, solo en llegar lo más pronto posible.
Abrió la puerta del edificio, y a tres pisos se encontraba de lo que suponía sería la escena más dolorosa de su vida. Para prolongar la agonía; la fortuna le daría la espalda, informándole con un cartel que el ascensor no se encontraba en funcionamiento.
El primer movimiento para subir, le pareció como una puntada que lo electrizó. Le atravesó el cuerpo; un hormigueo en la planta del pie, se transformaba en un latigazo en la espalda, hasta llegar a su cabeza que era un hervidero de frustración, ira y reproches.

Algo se hallaba defectuoso en su relación sin poder asegurarlo, pero lo palpitaba. De la inicial negación, a la actual situación, había comenzado a sumar motivos como escalones iba ascendiendo.
Su mujer se encontraba exactamente igual a como la había conocido, ni un gramo más, ni un gramo menos. Admiraba su constancia en las ceremonias que ejecutaba para mantener su belleza. El tiempo frente al espejo desmaquillándose, emulsionando su rostro y cuerpo para mantenerlo firme, las horas de gimnasio y los constantes cambios a su vestuario y cabellera. Si lo hacía por él, realmente, no estaba seguro. Notaba esa dedicación, reflexionó, porque en vez de haber sido simple espectador, nunca protagonizó un elogio para ella y su arte de contrarrestar el tiempo. Milton Segovia pensaba en su rutina de cuidado personal, afeitarse y loción para suavizar el rostro, qué más puede y debe hacer un hombre.

Llegando al primer descanso pensó en encender un cigarrillo. Hace quince años que lo acompaña esta debilidad por el tabaco. Solía ser el humo saliente de su boca, toda la presión diaria, que lo desbordaba y lograba expulsar. Se acordó de la disposición, que el consorcio del edificio había aprobado acerca de la prohibición. Se lamentaba haberse ausentado en la votación, en la que se hubiera manifestado en contra. Su mujer siempre asistía a las reuniones. Ella era activa, siempre llena de energía, mágicamente desgranaba el tiempo para agregar una tarea extra a su apretada agenda.

Un leve mareo empezó a traspasar los límites de la normalidad, pensó en la lógica de su agitación, pero lo que experimentaba era vértigo. Algo curioso es que nunca sintió miedo a las alturas. Al apoyarse y dar un vistazo, desde la elevación del recorrido realizado, observó el vacio que le provocó la inestabilidad. Con la ropa totalmente empapada de sudor, ceñida al torso, se sentía incómodo y sofocándose. Mientras en su mente brotaban nuevos pensamientos llenos de desconfianza y temor.
Hilvanaba motivos para su esposa infiel y le sobraban. Sentía que el amor inicial se había contagiado de rutina y sometimiento, quizás, se había degradado a un cariño o un simple apego, y no sabía muy bien cómo explicarlo. Lo cierto, es que hacía meses que sus cuerpos no se frecuentaban, no se hallaban con esa ansiedad de encontrar algo debajo de la piel. El deseo pasó a un estado de nostalgia, como un vocablo que se entiende por definición pero no su realidad en acción. Una gran pena lo embargaba cada vez que el ritual se ponía en práctica, las caricias, los besos y luego nada. No respondía a los estímulos y él la contemplaba con increíble fascinación, adoraba ese cuerpo que le pertenecía para gozarlo (si se permite la expresión). Porque siempre tendría el consentimiento, pero simplemente algo no estaba bien.

Un piso más faltaba y que hubiera deseado no alcanzar. Quedaría ante el umbral de la más humillante escena. Pensó en Ariel, su amigo, que había desparecido de su entorno, de repente, y sin aviso. En un par de ocasiones que lo encontró en la calle le repitió la invitación de reunirse, como antes lo hacían, quizás estaba a punto de descubrir el motivo de los desaires. Él mismo intuía que sería demasiado descaro en el hipotético caso de que su palpitación estuviera en lo correcto. Cómo podría Ariel, su viejo amigo, sostenerle la mirada; charlar de banalidades mientras cenaban juntos o bebían vino en la sala de su hogar.
Nada importaba, quería llegar en ese instante. A partir de ahí, una nueva vida o la incertidumbre. La verdad le daría la posibilidad de respirar ese aire que le estaba faltando. Era un sonoro engranaje sus pulmones, que luchaban por tomar oxígeno. Sabía que era miedo lo que estaba respirando y que la cobardía también era una opción. Dar la vuelta y perdonar la traición simulando un “aquí nunca pasó nada”.
No podía dejarlo pasar. No aceptaba que fuese en su propia casa, en su cama o en el sillón; que solía pasar horas viendo televisión, leyendo o cerrando los ojos para descansar, luego de almorzar.
Veía muy lejano a ese hombre sedentario que reflejaba el espejo. Algo debía cambiar, tanto tiempo estático lo había amortajado, y un vuelco radical en sus costumbres parecía el mejor consejo.

Llegando al último escalón vislumbra la puerta. Como la primera vez que llegaron, junto a su mujer, tan solo para echarle un vistazo y terminaron por decidir que, ese apartamento, sería el hogar que durante meses estuvieron buscando. Ahora, algo lo sujetaba, creyó imaginarse una fuerte presión que le impedía continuar. Algo invisible que le agarraba el brazo izquierdo. Como un peso que lo adormecía, pidiendo que reflexione o advirtiendo que no continúe.
Todas las dudas, los miedos y sus errores le sujetaban el pecho. Introduciendo una mano intangible que aprieta alrededor de su fatigado corazón, que explotó en el momento en que tropieza, para ofrecer su voluminoso cuerpo tendido en la entrada al hogar.

                                Nada parecía
                                consolar a la mujer
                                que encuentra a su marido
                                muerto a los pies de la escalera.
                                Su amiga que la acompañaba, llama a
                                los vecinos y paramédicos, que llegan sin
                                poder hacer nada. Se escuchan las fuertes pisadas
                                aproximándose. Nacen lamentos por un hombre tan joven,
                                que podía haberse evitado este trágico desenlace precipitado.


Espero sus comentarios e impresiones, un abrazo a todos los que visitan LDU. 

10 comentarios :

eternoantagonista dijo...

Me gustó mucho. Me encanta el ritmo que imprimes en tus relatos. El carácter de tus personajes, claros sólo con sutiles descripciones, la eterna obsesión que creo no haber alcanzado nunca en mis escritos. Felicitaciones.

Luis Bernardo Rodríguez dijo...

Muchas gracias por leerlo y que estés siempre pasando por aquí, yo hago lo mismo por tu blog. Es un gusto tener un amigo que sin conocernos personalmente, cuento con el apoyo y su atención cada vez que muestro algo nuevo. Muchas gracias nuevamente

Sergio Cossa dijo...

Lindo relato :)
Por ahí algunas descripciones y detalles de más para mi gusto. Pero es eso, cuestión de gustos.
Interesante la idea de las escaleras en el texto.
Pero a la primera la alinearía a la derecha, así daría más sensación de subida.
Humildes críticas.
¡Un saludo! Ya volveré por acá.

Luis Bernardo Rodríguez dijo...

Muy amable Sergio pasar por aquí, leer y dejarme el comentario. Todo es cuestión de gustos y estoy totalmente de acuerdo. Con respecto a la alineación; todo se encuentra en descenso, me pareció una forma de indicar que algo malo iba a pasar. El medio, que vendría a ser el relato mismo, sería una especie de descanso, para llegar al desenlace que es el tramo final.En fin, con respecto a las descripciones, como tu dices,a veces surgen y uno debería preguntarse si algunas valen la pena dejarlas o están ocupando un espacio que sería mejor suprimir, es cuestión de tiempo y aprender que deber ir. Gracias por tus palabras y estamos en contacto

Armando Quiroz dijo...

Un placer. Saludos desde Perú.
By: Armando Q.

Luis Bernardo Rodríguez dijo...

Gracias Armando y estamos en contacto, saludos desde Uruguay

Anónimo dijo...

Hola!! me llamo Verónica de BsAs, Argentina. Me encanto....se me rompió el corazón a mi tambien... Da la impresión que el amor que uno da nunca es suficiente...y este escapara por pequeñas gritas invisibles al ojo humano. Te mando un abrazo.

Luis Rodriguez dijo...

Gracias Verónica por tu mensaje y alimentar el blog con este comentario. Ciertamente, cuando uno se encuentra enamorado no parece suficiente. Aunque, cuando el tiempo pasa, uno se pregunta si la otra persona continúa haciéndolo...

Teresa Oteo dijo...

Es el tercer comentario que dejo, se ve que blogger hoy no me quiere, allá va otra vez...
esa agónica escalera que parece no acabar nunca y esa agonía física y mental en lo que revisa su vida...lástima que no aguantó,seguro que su relación habría mejorado después de esa experiencia.
Me encantó leerte, como siempre
Un beso

Luis Rodriguez dijo...

Gracias Teresa por leer esta entrada. A veces me cuesta dejar mensajes en algunos blogs también, es un problema porque a veces a uno al final pasa y no comenta.
Es curiosa la forma cuando uno sospecha de algo,como se empiezan a encastrar piezas para buscarle un sentido real a eso que es solo una duda, incluso traemos a la memoria episodios sin un significado importante como si fuera una evidencia irrefutable.
En este relato, seguramente esa vida desprolija hubiera cambiado luego de llegar a la casa.