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sábado, 3 de septiembre de 2011


Umberto Eco desvela sus secretos

«No me cuento entre los malos escritores que dicen que solo escriben para sí mismos. Lo único que los escritores escriben para sí mismos son las listas de la compra». Umberto Eco (Alessandria, 1932) ha decidido explicar el proceso de producción de sus novelas, el trabajo oscuro que exige crear un personaje tan deslumbrante como Guillermo de Baskerville o el manejo de la documentación histórica que da verosimilitud y llena de sentido la peripecia narrada en 'Baudolino'. Lo hace en 'Confesiones de un joven novelista' (Ed. Lumen), una recopilación de conferencias sobre la materia impartidas en EE UU, que llegará a las librerías españolas el próximo día 1. En sus páginas no podía faltar la erudición de la que desbordan sus novelas ni la ironía que aplica sin límites a su obra... y a la de los demás.
Ironía que se ve incluso en el título de su trabajo. ¿Un joven novelista cuando está próximo a cumplir 80 años? Resulta que publicó la primera obra de ficción, 'El nombre de la rosa', en 1980, de manera que se siente «un novelista muy joven y ciertamente prometedor», que espera dar a la imprenta unos cuantos títulos más en los próximos 50 años. No extraña que tenga tan notable expectativa porque de la lectura de este libro se desprende que el profesor italiano disfruta enormemente escribiendo sus novelas, desde el momento mismo en que la idea cobra cuerpo en su cabeza.
Porque aunque sea un novelista tardío, no se puede decir que pase lo mismo con su vocación. Eco lo intentó desde la infancia: en numerosas ocasiones, se inventó un título, dibujó las ilustraciones para el relato y después se puso a escribir, aunque pocas veces superó el primer capítulo porque como lo hacía con letras mayúsculas se cansaba mucho. A los 16 años se pasó a la poesía. No queda testimonio de sus poemas. Quizá porque quiso cumplir la máxima de uno de sus personajes cuando afirma que hay dos clases de poetas: los buenos, que destruyen todo cuanto han escrito al llegar a los 18, y los malos, que siguen escribiendo toda su vida.
Dibujos, recorridos, datos
Hace algo más de 30 años, una amiga de Eco le comentó que una editorial quería publicar relatos breves de misterio escritos por autores muy alejados del género. De forma provocadora, él le contestó que no se pondría a ello por menos de 500 páginas. Y esa misma noche empezó a trabajar en 'El nombre de la rosa', que terminó en dos años, porque la acción transcurre en una época que Eco conoce muy bien desde que hizo su tesis doctoral.
El resto de sus novelas le ha llevado más tiempo, en parte por el rigor con que las prepara: hace planos de los lugares donde transcurre la acción, dibuja las escenas más importantes, recorre las calles de los escenarios a la misma hora que lo harán sus personajes para tener en su cabeza todos los detalles. Ha viajado hasta Estambul para preparar 'Baudolino' y a las islas Fidji para ver «los colores del agua y del cielo a diferentes horas del día y los matices de los peces y los corales» ( 'La isla del día de antes'). Y estudia dibujos de barcos antiguos y documentos de la época para disponer de toda la información precisa y así moverse a gusto en la trama, aunque luego apenas se observe en sus textos.
Con todo, se las ha tenido que ver con lectores atentos que le recriminan, por ejemplo, que el protagonista de 'El péndulo de Foucault', que una noche recorre las calles de París, no viera un incendio que en esa fecha tuvo lugar efectivamente en la zona. O con otros que aseguran haber identificado el bar en el que el protagonista de su novela toma una copa, cuando ese establecimiento es invención del autor.
Invención de un lenguaje
¿Y cómo prepara los textos? La dificultad, explica, está en dar con el lenguaje que corresponde a la época y el personaje. No hablan igual los frailes de 'El nombre de la rosa' que los campesinos de 'Baudolino'. Eso le ha llevado incluso a inventarse un lenguaje, «una hipotética lengua franca del valle del Po en el siglo XII» para que la hable el protagonista de esta última. Hay también mensajes dirigidos a sus lectores más cultos, pero que no merman el placer de la lectura a quienes no los capten.
Por ejemplo, dice en el arranque de su primera novela: «Naturalmente, un manuscrito». Se refiere al manuscrito que narra lo sucedido en el convento, pero también a 'Los novios', la gran novela de Manzoni, que se abre aludiendo a un texto de ese tipo que da testimonio de lo sucedido. Miles de novelistas han utilizado desde entonces ese truco y Eco hace un guiño a ese tópico literario. Hay más: no pocas de sus criaturas tienen nombres que remiten a personajes de la literatura clásica. El autor juega con algunos lectores a darles referencias para ver si captan el mensaje.
Todo eso lleva mucho tiempo. 'El péndulo de Foucault' lo mantuvo ocupado ocho años; 'Baudolino', seis, y son solo dos ejemplos. Mucho trabajo en tareas muy diversas que Eco ha ido desgranando en sus conferencias. Aunque ha dejado algunas por desvelar. «Para escribir una novela exitosa, es necesario mantener en secreto ciertas recetas», ha dicho. Sus ventas millonarias avalan esta opinión.

Fuente: La voz digital.es

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