viernes, 16 de septiembre de 2011


Relato: Sobre el montaje por Luis B. Rodríguez

SOBRE EL MONTAJE
Hoy todos pueden lograr una interesante fotografía; en las manos de casi todo el mundo se encuentra una cámara capaz de lograr ese registro, que puede llevarlos a un póstumo reconocimiento, al menos colateralmente.
Abundan teléfonos móviles con óptima definición, o cámaras de alta calidad de imagen equivalentes a una profesional, pero convengamos que allende de toda tecnología ofrecida por la modernidad, ese momento indeleble del que no huye nadie y, se transforma en recuerdo colectivo, parte de la memoria global, es propiedad única (como un don ofrecido al que se encuentra en la intersección perfecta de tiempo y espacio, es decir; “estar en el lugar preciso y, a la hora exacta”) del ojo adiestrado en buscar o encontrar esa fortuita instancia.

Esa mirada fotográfica no escapa a juicios ni clasificaciones, es decir; podemos catalogarlas en simples fotografías de carácter familiar o, instantáneas que amplían información, como pruebas verídicas y por lo tanto revestidas de autoridad, también están las que cargan un código visual propio encabalgadas al arte, donde el interés se genera del gusto de quien observa, mientras la fascinación se somete a la conciencia.
Toda imagen parece estar destinada al archivo, todas son elementos de antología pero también pueden ser extraviadas, su valor hace que sean necesarias y no caigan en el olvido (porque recuerdan algo), quizá denuncien una injusticia, prueben un delito, tal vez simulen sensaciones cercanas al amor, a la piedad, al odio, o a la incertidumbre.
En varias ocasiones intercambiamos estas impresiones con mi amigo Sebastián, a quien espero desde hace media hora en mi casa, para proponerle un proyecto. Me siento muy fatigado, aunque haya estado en cama todo el día, esta idea en la que necesito ayuda de mi colega, me deja completamente extenuado.
Por fin llega. Con mucho esfuerzo logro abrirle la puerta para recibirlo, escucharle decir lo que vengo recibiendo desde hace unos meses cuando alguien me ve; “estás cada vez más flaco”, luego de asentir fastidiado con la cabeza, me desplomo en el sillón para tomar aire.
Sebastián preparó los dos capuccinos. Como él no conocía mi cocina siguió mis indicaciones que desde el sofá le dictaba para agilitar la preparación. Ya ubicados, me disponía a plantearle el motivo que me urgía su atención.

-Sé que el tiempo te escasea y, como me sucede lo mismo -esbocé una leve sonrisa, que no respondió con reciprocidad- no me puedo dar el lujo de realizar un exordio extenso.
Lo que quiero proponerte es que realices un trabajo de curador en una exposición, basadas en unas fotografías tomadas hace dos años -le entregué un sobre con nueve fotos. Mi amigo se disponía abrirlo cuando lo detuve-, pero necesito que escuches antes. Esas tomas fueron de una de aquellas excursiones que pretendía sacar a la luz, bajo el título “Naturalezas muertas”, en un libro que pensaba financiar, pero que no llegó a buen puerto, pues así lo decidí. Creo haberte comentado este proyecto -afirmó con la cabeza, mientas continuaba mirando el sobre-, la marginalidad en su imagen distorsionada. Deseaba conseguir instantáneas de rostros risibles, agradables miradas o tiernos movimientos en hombres que sufrían la degradación en las calles, mujeres que ofrecían sus cuerpos, viejos con nauseabundo aspectos que mostraban su desgracia por alguna moneda. Logré unas buenas, por ejemplo esta -le extiendo una foto donde un niño sonriente, de ojos brillantes ofrece a la cámara algo de comer, que encontró hurgando en un basurero-, mira esta otra por ejemplo, esa mujer parece que imitara la sensual mirada de una modelo y la posición de los brazos parecen etéreos -la prostituta ejecutó ese movimiento luego de cerrar la puerta del auto, de su cliente que se alejaba-.

Estaba respirando con dificultad y mi colega se daba cuenta de mi agobiante estado. No quería extenderme con esos registros. Le indiqué que abriera el sobre, miró con asombro, me examinó y volvió a la secuencia de fotografías.
-¿Pero eres tú? -casi me miraba con una obscena incredulidad-.
-Claro que soy yo, hombre. En el peor momento -agregué-, por cierto, estoy seguro que no encontrarás un mejor retrato acerca del miedo.
Tuve que relatar mi contacto con el grupo de jóvenes que paraban en la plaza, el lugar de encuentro por las madrugadas, cercano a una boca de venta de drogas, y como me inserté en su grupo como un observador.
Ellos practicaban algunos actos delictivos; se reducía al robo de electrodomésticos pequeños, móviles, accesorios informáticos y de audio, que posteriormente comercializaban por internet, a través de una página de compra y venta libre. Eran ofrecidos como usados pero en perfecto estado y funcionamiento. Con el dinero vivían sin dilapidar en lujos, ya que eran los ingresos para solventar su adicción a las drogas.
Aquellas que se aplicaban vía intravenosa, eran las recurrentes y el transcurso de dichas sesiones, me era permitido capturar, todo el ritual de su delirio en forma tácita y explícita.
Me habían aceptado con la confianza de un integrante más, pero la tregua caducó. Esa noche se hallaban demasiado eufóricos, violentos, amenazantes. Suponer es una banalidad pero sospecho que se hartaron de mi presencia, y arremetieron su furia innata en mi contra, como un flash de sensatez, habían comenzado a sentirse incómodos ante mi máquina fotográfica, ignorada o tomada con cierta gracia, hasta ese momento.
Me acorralaron y sujetándome de los brazos, sin oponer resistencia, uno de ellos tomó mi cámara, es decir me arrancó del cuello la correa donde pendía en mi pecho y ocultaba bajo una amplia campera, cuando decidía internarme en la noche para abocarme a mi proyecto, era consiente del riesgo desde su inicio. El chico que me la arrebató parecía un simio revisando algo ajeno a su ambiente, mientras el resto reían, insultaban, hasta que llegaron los golpes. Desde el piso, aturdido por la paliza, no esperaba el desenlace que pensaron para mí. Uno de ellos preparó una dosis destinada a compartir conmigo, me desnudaron el brazo, dejaron revelar mis venas ante la presión e introdujeron la dolorosa aplicación.
Las luces me enloquecían, mi cuerpo convulso era de otra persona, en un estado alterado de conciencia y saturado de un miedo histérico, olvidándome del obturador que me observaba y me retrataría en una serie de fotografías.

Sebastián permaneció absorto durante un breve lapso de tiempo, hipnotizado ante las evidencia de mis tomas. Se sacudió en el sillón; mientras colocaba los cigarrillos en la mesa y se percató de mi deseo de poder fumar uno, pero que ya no toleraba desde hace meses, el resultado sería un desagradable trance de tos convulsa que no deseaba ofrecer a mi amigo. De todas formas fue solo un reflejo, no fumó.
– ¿Éste es el resultado por el que estás así? -me miró con cierta piedad-, en qué momento… no sé que decir -podía notar su indignación, su reproche sin sentido y una gran pena-, es que estoy sin palabras-.
Me decidí interrumpir su agobio, estuve tentado en mentir pero no era correcto. -Debo decirte que mi irreversible quebranto de salud, nada tienen que ver con ese episodio. Durante un año me sometí a pruebas periódicas, esperando que arrojaran resultados positivos; en VIH y Hepatitis C, pero absolutamente nada en todos esos estudios. Si se aproxima la etapa más grave de mi afección (así me lo comunicó mi médico) se deben a otras causas, no lo tomo como una desilusión, pero sí es un escollo, para la muestra que te estoy proponiendo realizar.-
Me vino a la memoria aquella popular foto del “The New York Times”, donde figura una niña desnutrida, a punto de ser presa de una amenazante ave carroñera. Si la intervención de Carter (el fotógrafo dueño de dicha fotografía) hubiera salvado a la niña, no hubiéramos tenido ese registro, sin atestiguar las atrocidades en Sudán, pero la cámara justificaba lo que sería un símbolo de tragedia, como escribía Sontag en su lúcido ensayo, que con mi colega trajinamos en varias productivas conversaciones.
Ningún fotógrafo escapa al montaje, cierto es que realizamos instantáneas, pero nada tiene que ver la espontaneidad, cuánto tiempo tuvo que esperar Carter para que el buitre entrara en cuadro y que el obturador lo inmortalice. A posteriori el suicidio del fotoperiodista fue centro de discusiones acerca de las divergencias éticas de la profesión; pero esto es otro montaje, basado en suposiciones. Dieciocho años después se adosó nueva información; Carter sufría una profunda depresión, no exclusiva al remordimiento de su famosa toma, también se supo que la victima sobrevivió al ataque del animal, y que en realidad no era una niña, sino un niño, pero esto es anecdótico.
Mi secuencia de imágenes eran reales, técnicamente a pesar de haber sido realizadas por un inexperto, cada cuadro era bastante bueno, mi rostro evidenciaba un auténtico terror, el entorno de brazos que me amortajaban, la aguja invadiendo mi vena, esas fotos demasiado reales sobresalía del papel y, la última que le estaba pidiendo a mi colega de mi estado actual, sería parte del montaje. Cuando alguien observé la muestra, las murmuraciones surgirían de inmediato, el resto formaría parte del misticismo propio del rumor, sobre la verdad a descubrir o sospechar.
A mi amigo le invadió la duda, pero tenía la convicción que esta provocación daría resultado.
- Sabes que me juego mi reputación en esto -me miró severamente -.
- Sabes que no tenemos reputación que apostar –lo aguijoné con malicia-. Tú sales corriendo buscando actrices de turno que escandalizan viejas con sus romances, y yo apenas sobreviviría con mis escasos trabajos de “freelance”, sino no fuera por mi situación económica. Mi amigo, lejos quedó nuestro sueño de imitar a Robert Capa*.

De todas las cámaras que tenía a disposición en mi estudio; Sebastián decidió firmar el contrato que le ofrecía con la peor de ellas, tomó una polaroid. Sentado frente a mi, comencé a sentir puntadas en mis pulmones y con el rictus de estar atravesando las agonías de la muerte (que sentiría apenas unos meses más tarde), sin maquillaje y con tan solo una potente luz, aparece mi demacrado aspecto violáceo retratado en un disparo certero.

*Robert Capa (1913-1954): Primer fotoperiodista reconocido, entre sus trabajos destacados se encuentran los realizados sobre la guerra civil española, el desembarco en Normandía y la II Guerra mundial. 

Este relato es muy especial para mí. Sobre el montaje, es un grito desesperado, una obsesión por la notoriedad que excluye cualquier ética. Además, de un humilde homenaje a Susan Sontag y su maravillosa obra

3 comentarios :

eternoantagonista dijo...

Magnífico relato.Tienes la envidiable capacidad de saber utilizar las palabras precisas para hacer que el lector no sólo se imagine la escena, sino además la sienta. Excelente muestra de tu talento. Felicidades.

AZUKIKI dijo...

Muy emotivo, literalmente derramando lágrimas desconcertantes. Por el excelente trabajo y por la realidad de esos niños desamparados.

Luis Bernardo Rodríguez dijo...

Gracias Azukiki por visitarme y dejar el comentario. Estás escenas atroces que ni las imágenes más crueles difundidas por todo el mundo parece detener. El mundo hostil...