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domingo, 20 de mayo de 2012


Colaboraciones: A cargo de Norma Ángela Michelli y Marcos Llemes


Lo que provocó en mí, la música de Vangeli - Norma Ángela Michelli




Niño malo. 
Por Marcos Llemes



No quería que mi mamá me viera llorar, ella me ama y no quiero que se ponga más triste de lo que está, por eso me vine a sentar aquí, en el frente de mi casa, sobre una piedra enorme que como una isla me aleja del barro, la tierra y la mugre de nuestro porche.
Ésta vez no quise preguntar. No quiero que me regañe y que me diga: “Esas no son preguntas que un niño se deba hacer”, porque sé que esa será su contestación, la misma que usa cada vez que le pregunto: “Mamá ¿por qué nuestra casa no es tan linda como la de los demás?” “Mamá ¿por qué a veces nos falta la comida?” “Mamá, ¿por qué no puedes comprarme ropa bonita?” “Mamá… ¿Por qué papá no ha vuelto desde el día que te hizo llorar?”
Llorar… llorar como yo hoy por la mañana, cuando al despertar y al correr sonriente hacia nuestro apagado arbolito de navidad, me di cuenta que no había regalos, ¿Por qué Papá Noel se ha olvidado de mí y a los otros niños de mi calle les ha dejado autos a control remoto, robots que prenden luces, pistolas para combatir alienígenas y pelotas de futbol? No lo sé, pero ésta vez no preguntaré, porque sé que a mamá le duele el pecho cuando lo hago y luego de eso se va a otro lugar para que no la vea llorar, pero de todas formas la escucho hacerlo, siempre lo hago.
Sentado sobre ésta piedra puedo ver a todos los niños que viven en mi calle, todos alegres, riendo juntos, jugando con sus juguetes nuevos y comparándolos con los de sus amigos, y yo… solamente me vuelvo a preguntar: ¿Por qué Papá Noel se ha olvidado de mí? ¿A caso no me he portado bien? O tal vez sea mi culpa que mamá esté tan triste y que mi padre no esté con ella y por eso Papá Noel se ha enojado conmigo, ¿podrá ser por eso? No lo sé… pero repito, no preguntaré nada.
Los niños siguen riendo y uno de ellos, el que tiene el robot en sus manos, dejó de jugar con sus amigos para mirarme con la cara seria; después, caminó hacia su mejor amigo, que estaba haciendo jueguitos con la pelota de futbol y sin quitarme los ojos de encima le dijo algo en el oído… ¿Qué le habrá dicho? No lo sé, pero debió ser algo muy gracioso porque se han reído a carcajadas señalándome con el dedo. ¡Qué extraños son esos niños!, sin embargo, desearía ser como ellos, tener lo que tienen, hablar lo que hablan, jugar a lo que juegan y disfrutar con mis nuevos juguetes, pero no... Yo no tengo juguetes porque me he portado mal, hago llorar a mi mamá, he echado a papá de casa e hice enojar a Papá Noel.
Ahora, todos me miran, me señalan con el dedo y se ríen a carcajadas. No sé lo que es tan gracioso; no lo sé porque no tengo juguetes, porque soy un niño malo…
Ya no los puedo ver, ya no los quiero ver. Giré la cabeza en dirección a mi casa; entonces veo a mamá que creo que sigue llorando o… ¿Gritando? ¿Qué le sucede ahora? Yo no he hecho nada esta vez. La radio vieja está encendida y un hombre con voz áspera estaba anunciando ciertos números. Mamá tiene un pequeño papel en la mano y sigue gritando al mismo tiempo que salta por todo el lugar diciendo: “¡Lotería! ¡Lotería!” ¿Qué es eso? Juro que ésta vez no fue culpa mía, yo he estado todo éste tiempo sobre la piedra.
Mamá se ha vuelto a sentar en la silla de madera, todavía sostiene el papelito como si fuese algo valioso. Está más tranquila, y tiene una gran sonrisa en la cara, la mejor de todas, hasta pareciera que está contenta, ¿qué ha pasado? ¿Qué está sucediendo? No… mejor no preguntaré, ya no quiero ser un niño malo.


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Lo que provocó en mi, la música de Vangeli. Por Norma Àngela Michelli

Trabajo realizado en el taller literario
Algo grave va a comunicarse.
El Senado romano está reunido.
Van llegando los tribunos en grupos de dos, tres o más hombres.
Rostros adustos, miradas preocupantes.
Van ocupando los asientos que quedan libres en las gradas.
De pronto, un ruido metálico como tímbales,¡ profundo!, anuncia la llegada de los soldados, a cuyo paso tiemblan las baldosas del recinto.
Se ubican a un costado, en el orden establecido.
Obedecen a la voz de mando de sus jefes.
El pueblo también ha sido convocado, pero ignora el por que de esa inusual convocatoria.
Algo muy serio, está por suceder, se huele en el aire, de ese día calmo, demasiado calmo, lleno de presentimientos, que penetran en el alma de cada hombre o mujer, alli reunidos, haciéndolos temblar de pie a cabeza.
Van acercándose las autoridades, cuya aparición trae el presagio tan temido.
Esperan al Emperador, que tarda en hacerse presente.
 el sol radiante, el día luminoso, pero la vista de los romanos, está vedada por una cinta negra que atraviesa el cielo, de norte a sur y de este a oeste,¡ va a enlutar los corazones!
¡ Suenan las trompetas!, los ejércitos se alistan, abandonando su posición de descanso.
La silueta del Emperador, se recorta en el arco de entrada, mira en dirección recta el horizonte.
Luego de un impace breve, avanza solo, sin escolta.
Estático, con el rostro petrificado por el esfuerzo de la indiferencia, que no le permite disimular la angustia y el pavor de su mensaje.
Se detiene en medio del inmenso salón del Senado, recorre con la vista triste, a sus soldados, luego a su pueblo tan fiel y tan amado por él.
Un sabor amargo trae en su boca, que se dibuja en un rictus de desesperación e impotencia, no sabe como transmitir ese mensaje que está cargado de guerras y muertes.
Entonces dice lo único que puede decir en tan cruel momento,con voz de trueno y ruego: ¡QUE LOS DIOSES, SALVEN  A ROMA!
La respuesta es un silencio cargado de miedo y desesperanza




Agradezco a todos por su colaboración. 
                                                                                           





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