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viernes, 25 de enero de 2013


Colaborador: "Cuarentena" a cargo de Armando Quiroz


¡Que no tengo miedo! grita Eulalia, asfixiando con su aliento de azufre, llegas a ver las paredes derretirse, los dos se callan. Eduardo entiende que no puede ahora hablar con ella, deja caer el lapicero que tenia en la mano, se levanta de su asiento, extiende el brazo para coger su abrigo, y sin decir una sola palabra, se dirige a la puerta, la atraviesa cual estaca atravesase al corazón. Eulalia entiende que al cerrarse aquella puerta, también se cierra la posibilidad de volver a verlo, pero algo en ella la hace cambiar de opinión, no encuentra las palabras adecuadas, deja que Eduardo se vaya. El sonido de la puerta se escucha en todo el ambiente y rebota en cada objeto, en las paredes, los sofás, las lámparas, no habiendo daño físico alguno. Solo la sofocante y angustiosa culpa que sentía. Ella lo sabía, sabia que era su culpa. No es por nada, pero entendió tarde que las cosas cambiarían. Es cuando piensa en el día anterior, a esta misma hora, estaba en brazos de su amado, contemplando la tarde que se esmeraba en no buscar su retirada. Piensa que a esta misma hora, sus ojos anduvieron contemplando el cuerpo de él, desnudo, su pequeña cicatriz de una operación a la vesícula, le parecía algo escasa, para cambiar de opinión, con respecto a la perfección de su hombre. En como No escuchaba mas nada, que los latidos hondos del corazón, que a cada instante se acrecentaban, la llamaban a tocarlo. Piensa también, en ese preciso momento, en lo que dijo en la ultima reunión familiar, donde anunciaron la gran noticia, las palabras que utilizo, los comentarios de la gente, los murmullos, las carcajadas de sus hermanos, los comentarios de Eduardo queriendo disipar la atmósfera preocupante, entiende que todo cambiaria, prueba el miedo que se aloja en su cuerpo y recorre su columna, se expande, la entumece, se afiebra, sacude, escasea el aire, se esconde la vergüenza, y ella también coge fuerzas para poder ser fuerte. Ya todo se había dicho, y necesitaban aquel tiempo a solas, para determinar que harían al respecto. 

Ya que el miedo seguía ahí, no se escondería, no se esfumaría por arte de magia, las cosas debían ser habladas, ya después de ello, deberían tomar una decisión, pero aquella implicaría que los dos, surcarían otros ríos, otros mares juntos, creyendo que estando juntos podrían afrontarlo todo. Eduardo sabía que el mayor riesgo eran los años que habían pasado. Ya no contaban con las mismas fuerzas, la misma juventud que se ausenta con los años. Ya no eran los mismos, y si querían intentarlo deberían estar seguros. Fue cuando recuerda el momento en que por desprendimiento de sus emociones, Eduardo pregunto sin que su voz se cortase -¿No tienes miedo?- pero al verse vulnerable, y de que su respuesta fuera impedimento para poder seguir con el plan en comienzo, ella decidió ser fuerte, y solo convencerse a si misma que no, el miedo no habitaba en su cuerpo. Fue el comienzo de todo. Eduardo sabia que el miedo es el enemigo de todos, suele apoderarse de las personas, hacerlas caer en pánico e incluso, volverlas intolerantes. Pero en el caso de Eulalia, sabia él, que ella no diría nunca que lo tenia ya habitándola. Obstinada, desde la juventud, sabia que no podía con ella, y sabia también que comenzar una discusión se volvería en contra de los dos, por ello, decidió dejar a Eulalia acallar sus pensamientos negativos, y salir de aquel departamento. Para luego dirigirse a pensar. El parque estaba cerca, que mejor lugar para acomodar sus pensamientos. Eulalia entendió el mensaje mucho después, ya un poco más tranquila, llamo a Eduardo por el celular, para preguntarle donde estaba, el ya con otro tono le dijo: viendo las estrellas caer. Ella sonrió, él sabia de antemano que su amada entendería el mensaje por teléfono, no hacia falta decir  -ven, acompáñame a ver las estrellas-  a veces los corazones que se conocen suelen entenderse a base de acertijos, suelen llegar a tal punto de entendimiento y utilizar menos palabras, ya que el amor madura con el tiempo. Complementarse. Ella escoge su atuendo, se arregla los cabellos que en la mañana anduvieron rebeldes, escoge el labial que le gusta a él, y los zapatos que hacían juego con su vestimenta, disimulando un poco sus primeros meses. Brillaba, él noto al instante, al verla, que ya su aura era otra, que su amada había regresado, que no podían perderse la noche, que al final, lo intentarían de nuevo, hacer el amor, volver a querer ser padres. Ya que ‘los cuarenta’, no siempre son un impedimento.

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2 comentarios :

Teresa Oteo dijo...

Los "cuarenta" no son un impedimento para nada!! todo lo contrario.
Una bonita historia de amores reales como la vida misma y como van evolucionando y cambiando, no necesariamente a peor, pero cambiando con el paso de los años y la convivencia... me resulta familiar :)
Besos y felicitaciones para Armando y, por supuesto, para Luis!!

enletrasarte (omar) dijo...

realista, disfrutable
un gran saludo